Adagio Cantabile.

Tengo una mosca atrás. Zumba que zumba. No puedo darme la vuelta. Girar esta prohibido. En fin. Miro por el espejo retrovisor, y demuestro mi talento intelectual a mi locuaz pasajero. Demuestro que soy un letrado en la vida, un amante concerniente, sex symbol por naturaleza. “Qué vuelvan los militares”, le digo al pasajero con un profundo conocimiento de política, mientras me prendo un cigarro y arrojo a la vereda el vacío paquete, sin cuestionar, claro, que ensucio la calle por donde circulan mis compatriotas. “Yo hago esto porque me gusta”, digo distendido. “Soy un profesional”. “Cuando yo tenía tu edad, pibe…”. “Y mirá que no estoy tantas horas”, como si me atañeran las horas de ocio porque me sobra el dinero. “Los domingo ni laburo”, idem anterior. “Asadito en casa, con la familia”, como si tuviera alguna. Me detengo en un semáforo y le cobro a mi pasajero. Convencido como nadie, me doy cuenta de que este pibe descendió contento del coche porque se topó con una persona culta, que le enseñó el sentido de la vida. “Bah, ya estoy acostumbrado a esto”. Lo miro, y con un gesto cálido me despido, y sigo mi camino ahondando en mi seguridad.

Me distraigo en otro semáforo porque pasa una muchachita. Tendría 20 años, tal vez 25. No sé. Llego a la esquina siguiente y veo un tipo cruzando donde yo tengo que doblar. Acelero. “El peatón tiene prioridad”, recuerdo mientras todo me importa un huevo. Doblo, pero sin mirar a sus ojos le pregunto: ¿qué mirás? El tipo aceleró también, tirando su cintura hacia adelante, como si fuera un perro asustado, por miedo al atropello. No me interesa que se ofusque. No me interesa nada porque nadie se preocupa por mí, pensaba. Los colectiveros me odian. Pero bueno, ya era. Sigo mi camino, errabundo por la ciudad, buscando levantar algún pasajero que me deje más de $15. “A la villa no voy, papá!”. “Te me tirás encima, hermano!”

Y así continúa la vida de este hazañero conductor, que se toma la vida con soda mezclada con vinito de la casa, elucubrando frente a mujeres que se ganan la vida en cada esquina porteña. Que de vez en cuando sube a algún travesti para reemplazar a su longeva esposa, obsoleta para el sexo, pero que cocina como los dioses.

taxi

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~ por alfredodanielsanchez en enero 8, 2009.

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